sábado, 11 de enero de 2014

In the cold, cold night

Hace un par de noches, maldito reloj biológico, me desperté un rato antes de que sonase el despertador.

No sé qué porras estaba soñando, pero lo que sí recuerdo es mi brazo extendido buscando, en vano, el cuerpo de Penélope bajo las sábanas, para hacerme un ovillo con ella y seguir durmiendo hasta que diera la hora.

Pero no estaba.

Y estos días tampoco está ahí para, adormilada aún, desearme un buen día en el trabajo cuando le doy el beso de despedida. Ni cuando llego a casa. Ni cuando preparo la cena. Ni cuando veo las series que normalmente vemos juntos.

Paso las tardes delante de los libros, sin más compañía que este cacharro y la música y las caras que salen de él. Nadie que me interrumpa al volver del trabajo contándome su día, ni que me reclame espacio para su portátil (pues yo tiendo a desplegar mis apuntes por toda superficie a mi alcance). No puedo ni meterme con ella por la brillantina que involuntariamente decora su cara.

La echo de menos.

Y dentro de dos días vuelve y al tercero me voy yo y volveremos a estar separados de nuevo.

Hemos aprendido la lección: en el próximo viaje a España, volamos juntos.

[Sonando The Depths — The Blackwater Fever]

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