No es la primera vez que lo hacía pero sí la primera que me aventuraba por atajos y caminos en vez de seguir la calzada.
Rondaban las siete de la tarde cuando logré juntar fuerzas y soltar el ordenador. Me vestí, me calcé las nuevas 15£-zapatillas del Lidl, me despedí de mi querida Penélope, le dije adiós a mi casero mientras apuraba una cerveza en el salón a ritmo el Dark side of the moon (qué tío) y salí.
Tras hacer unos breves estiramientos (porque soy precavido pero no viejo), me encaminé a la naturaleza. Abandonada la carretera, lo que parecía un solitario páramo se convirtió en un entresijo de caminos que bajaban y subían hacia una verde colina (inconcebible para mí, al estar dentro en un 'núcleo urbano'.)
Escocia es muy verde (yeah, yo descubriéndoos el mundo), Edimburgo no es una excepción y yo ando bastante naturista últimamente, así que no puedo describir un escenario mejor para expulsar mis males que todos y cada uno de los caminos que iba explorando mientras castigaba mis piernas a base de pendientes. Con el mismo entusiasmo que un niño en un laberinto, no dejé un sendero por recorrer, por angosto que fuese. Decenas de conejos y otras alimañas cruzaban a toda velocidad los caminos a medida que me acercaba. Los senderos subían y bajaban dibujando delante de mí, habitante de la profunda Extremadura, paisajes del todo insólitos. Verdes, frondosos, húmedos.
Y que tras uno de ellos de repente asomase el castillo de Craigmillar, mi gozo no podía ser más grande.
| Craigmillar Castle |
Ya sabía yo que era más de parajes norteños que sureños, pero estando aquí me doy cuenta de cuánto. Ojalá pueda disfrutar de esto mucho tiempo
[Sonando The Fragile - NIN]
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