viernes, 3 de octubre de 2014

¡BUH!

Olvidé el PIN de la tarjeta inglesa tras las vacaciones en España, hace ahora un mes. Llamé por teléfono al Bank of Scotland y (tras 20 minutos de llamada y robots) quedaron en que recibiría uno nuevo por correo en 5-7 días laborables. Como Penélope y yo compartimos cuenta, podría usar su tarjeta mientras tanto, por lo que no había problema.
Dos semanas después y sin haber recibido nada, me persono en el banco y les pregunto que qué pasa. La mujer me dice que tenga paciencia, que lo mismo se ha retrasado y que si ahora ella me pidiera otro PIN, invalidaría el anterior y el mundo colapsaría. Por lo cual, ea, espero.
Tres semanas y pico después, me vuelvo a personar en el banco y otra mujer me dice que, efectivamente, la carta se ha extraviado, por lo que procedía a pedir otro. Que esperara otros 5-7 días.
Ayer, voy al cajero con la tarjeta de Penélope y me dice que su PIN es incorrecto, que lo consulte con el banco, a ver qué coj**** pasa.
Hoy, vamos al banco y resulta que no es que hubieran reseteado el PIN de las dos tarjetas (como me imaginaba), si no que resetearon sólo el suyo, pero el mío no. Así que de nuevo, me vuelven a decir que el PIN me llegará en 5-7 días, ahora sí. Que lo siente, que como todo va computerizado, no puede resolverme nada en el momento.
Y nada, aquí seguimos, sin tarjetas por la vida.
¡Viva la burocracia!

Con esta anécdota, retomo el blog que tan abandonaíto tenía.

Ha pasado el tiempo y parece que las cosas han mejorado respecto a la entrada anterior.

Pasé más de dos meses en España, casi todo el verano, para hacer buen acopio de rayos de Sol aunque para leche en plancha, ya que vuelvo a estar paliducho. Parece que, como en Momo, el gris de los días escoceses le absorbe el color a uno.

En ese tiempo hice muchas cosas. Unas útiles, como cerrar mi expediente y declararme oficialmente veterinario, y otras menos útiles pero reconfortantes, tales como ver a la familia, a los amigos, hacer dos o tres de escapadas (playa, Jerte), disfrutar de mis dos monstruos peludos y jugar al padel entre otras. Ha sido un verano muy relajado, todo sea dicho, a pesar de un par de crisis existenciales que mejor no recordar.

Volvimos a Edimburgo el 1 de septiembre para encontrarnos con que no estamos tan a gusto en el piso como hace unos meses. Ahora somos 4 en vez de 3, y este cuarto en discordia resulta ser de todo menos ordenado. Es un desastre invasivo, de hecho. Nos planteamos muy en serio buscarnos otra cosa para nosotros dos solos, pero como mi futuro es incierto en Escocia, nos estuvimos quietos.

Porque por ahí viene lo gordo.

En verano seguí mandando CVs para internships y plazas para nuevos graduados en todo UK. Muchos, perdí la cuenta. El caso es que de todos esos contactaron conmigo de una clínica en Birmingham, en la que me ofrecían una semana de prueba para 6 meses de internship. Tras varios correos, arreglé todo y para allá que me fui.

La experiencia fue magnífica. Me pagaron el viaje, la estancia en el hotel, las dietas. Me fueron a buscar cada mañana al hotel. Estuvieron atentos en todo momento. Y además de esto, aprendí en una semana más que en dos o tres meses de carrera. A base de currar mucho (11-12h diarias) y de llegar reventado al hotel todos los días, pero así fue. Terminé con la conciencia tranquila tras haber dado el 100% cada día, por lo que ahora solo me queda saber el resultado. Resulta que estamos dos candidatos, una veterinaria danesa de la que poco sé, y yo. Yo ya tuve mi prueba y ella tendrá la suya la semana que viene. Hasta entonces, solo me queda cruzar los dedos y esperar.

En ello estoy. Sin saber muy bien qué va a ser de mí y con una ingente cantidad de material para estudiar, recorrí las principales ETTs de Edimburgo para hacer algún dinerillo extra en esta espera. No deben tardar mucho en contactar conmigo, espero. 

Mientras, disfruto del tiempo en casa, con y sin Penélope y en Edimburgo, ciudad que cada día me gusta más, con amigos, con paseos, con carreras, con la bicicleta y con el pádel. Sí, en verano inauguraron una pista y somos varios españoles los enganchados. Lo curioso de esto es que la pista es al aire libre y el dueño, lejos de reconocer su error, nos confesó que se sentía orgulloso de su pista y que espera que la aprovechemos ya que en Edimburgo, apenas llovía. Un cachondo el tío.